Silencio absoluto.
“Debe de estar ocupadísimo”, pensó ella.
Al final el sueño la arrastró.
***
Durmió tanto la víspera que, a la mañana siguiente, se despertó temprano. Se cambió de ropa y salió rumbo a casa de Miguel.
Miguel ya estaba levantado —los mayores duermen poco— y descansaba en una mecedora de mimbre, en el patio.
—¡Abuelo! —lo saludó Luciana con una sonrisa—. Buenos días.
—Buenos días —respondió él, jovial—. ¿Vienes por Alba? No es como yo, sigue dormida; no la despiertes.
Le indicó c