—Oh… —Luciana lo miró con sorna—. Pero qué despiadado, señor Guzmán. Y tan… “frío”. Aunque claro, es usted un maestro de la seducción: basta unas cuantas palabras y su enamorada lo perdona, lista para seguirlo como perrito faldero.
¿Ah, sí?
—Perfecto —ironizó Alejandro—. Entonces te voy a endulzar el oído todos los días, hasta que tú seas la que me siga con devoción.
—… —Ella se congeló un instante, con una sonrisa forzada—. No, gracias. Ya me voy o Alba se pondrá a llorar si no me ve.
Murmuró: