—Vamos, el té te hará bien.
—No —protestó ella, negando con la cabeza—. Me duele todo…
—Si lo bebes, el malestar se irá.
—¿Seguro?
—Segurísimo —afirmó Alejandro—. Nunca te he mentido.
—Mmm… —Al fin aceptó los sorbos. Terminado el cuenco, apenas apoyó la cabeza y se quedó dormida.
No había bebido tanto, pero el licor le arrastró al sueño profundo: de las nueve de la noche hasta pasadas las siete de la mañana.
Al abrir los ojos, descubrió que estaba en LA cama de Alejandro. Se llevó la mano a la s