Luciana guardó silencio y, por fin, asintió.
—Lo entiendo… —Su voz se quebró—. Pero no tengo otra opción.
Forzó una sonrisa:
—De verdad, gracias por esta noche. Seré más cuidadosa de ahora en adelante.
«¿De ahora en adelante?» El corazón de Alejandro dio un vuelco; las sienes le latieron con furia.
Quería intervenir, pero… ¿con qué derecho? Él no era más que su paciente… y ella, su doctora.
***
A la mañana siguiente, Alejandro bajó temprano y encontró a Luciana en la cocina; el remedio ya hervía