Luciana regresó a la Villa Trébol con la mente hecha un nudo. Apenas llegó, se encerró en su habitación y hundió el rostro en los brazos, presa de la frustración.
Cuando Alejandro volvió, la sala estaba a oscuras. No subió; fue directo al cuarto de servicio.
Probó el picaporte: cerrado.
Alzó la mano y golpeó suavemente. Nada.
—Abre la puerta.
Frunció el ceño y bajó la voz: —Sé que estás despierta.
Después del numerito de Adrián, ¿cómo iba Luciana a conciliar el sueño? Aun así, guardó silencio.
—