—No, en absoluto.
Entre charlas y risas, se alejaron de la cocina. Cuando sus figuras desaparecieron, la puerta del armario se abrió desde dentro y Alejandro salió con el rostro en penumbras, observando la silueta esbelta de Luciana a la distancia.
Dejó escapar una mueca irónica. “¿Qué demonios estoy esperando?”, se preguntó. Cada mínima chispa prendía otra vez las cenizas en su corazón, como un fuego que nunca se extinguía por completo. Era absurdo.
***
Alba, tras tanto jugar, terminó sudando.