Cuando sus ojos se posaron en la pequeña que cargaba Luciana, se llenaron de ternura:
—Esta niñita adorable debe ser Alba, ¿verdad?
Miraba a la niña con un cariño inmenso, casi conmovida hasta las lágrimas. Con los dedos apretados en puños de emoción, preguntó:
—¿Podré… abrazarla un momento?
Luciana, algo insegura, se inclinó hacia su hija:
—Alba, la abuelita quiere cargarte, ¿qué dices?
Alba observó a Victoria con sus grandes ojos, percibiendo la buena voluntad de aquella señora. Abrió sus brac