—¿Oíste bien? —comentó Luciana, alzando apenas una ceja. Luego se volvió hacia el encargado del crematorio—. ¿Me prestas otra pluma, por favor?
—Sí, con gusto.
Tras recibir el bolígrafo, Luciana firmó de inmediato.
—Puedes proceder cuando quieras.
—Como guste.
Entonces, ella se acercó un par de pasos hacia el cuerpo de Ricardo, que reposaba ya preparado para la cremación. Lo observó con tristeza y alzó las manos para sostenerle el rostro con ternura. Luego inclinó la cabeza y depositó un beso en