De pronto, Fernando cerró los párpados con fuerza, como si temiera que fuera una ilusión. Al volver a abrirlos, comprobó que Luciana seguía ahí.
—¿Por qué me observas así? —bromeó ella—. ¿No me querías ver?
—No, no es eso… —respondió él, todavía aturdido.
—Ay, por favor —replicó Luciana con un tonito de impaciencia—. Tú estás enfermo, pero no tanto. Yo estoy embarazada y no debería cansarme. Anda, ve a buscar agua.
—¡Ah… sí! —Fernando reaccionó al fin, tomó el jarrón y se metió al baño.
Regresó