Cuando regresó a su apartamento, decidió tomar una siesta. Se acomodó sobre la cama, puso un cojín suave a la altura de sus pies para aliviar la hinchazón y, como no había dormido bien la noche anterior, cayó rendida. Despertó ya entrada la tarde, sintiéndose mucho mejor.
Corrió las cortinas y vio de nuevo la nieve cayendo. Fue entonces que sonó su teléfono: era Alejandro.
—Luciana.
—Mmm… —respondió ella, aún con voz adormilada.
—Por cómo suenas, ¿estabas durmiendo?
—Sí, justo me levanté.
Con es