—¿Qué…? —Luciana sentía cómo se le encendía el rostro.
—Si sabías que ibas a entrar, ¡podrías haberlo dicho para que no pasara!
—¿Y qué problema hay? —inquirió él con falsa inocencia—. No es la primera vez que me ves sin nada, ¿o me equivoco?
Luciana se quedó sin palabras, recordando que, en otro tiempo, la situación era muy distinta. Prefería no discutir al respecto.
Él, viéndola tan cohibida, se rió con ligereza.
—¿Te sonrojas? Anoche, fuiste tú quien me desnudó. A menos que yo mismo me quitar