Luciana estaba desconcertada. Con un hombre borracho tan atractivo, solo podía resignarse.
—Está bien… dime qué necesitas que haga.
—Luciana… —murmuró él su nombre, y de pronto se inclinó hacia ella, recargando parte de su peso sobre su cuerpo.
—¡Oye! —Ella intentó moverse.
—No te muevas —insistió él, apoyando la barbilla en su hombro y rozando su cuello con la mejilla. Su incipiente barba le provocó cosquillas—. No dejaré que te caigas… —añadió, sosteniendo con fuerza la parte baja de su espald