—¿Eh…?
Tan estupefacta estaba que no podía articular más. Lo contemplaba como si no lo reconociera.
Ricardo soltó una ligera risa, cargada de melancolía.
—¿Por qué me miras así?
¡Era tan extraño!
—No lo entiendo… —musitó Luciana, con un nudo en la garganta—. ¿Por qué?
—No hay ningún “por qué” —respondió Ricardo—. Todo esto, en un principio, pertenecía a tu madre. Y al faltar ella, debería ser de ustedes, sus hijos.
Por lógica, sonaba razonable. Sin embargo, Luciana no comprendía la enorme difere