—¿Luciana? —preguntó él con preocupación, y se levantó de inmediato para sostenerla con cuidado—. ¿Te sientes mal?
Luciana no respondió; tenía el ceño fruncido, como si sufriera un mareo repentino que le hacía perder la noción de dónde estaba.
—¿Luciana? Dime algo —insistió él, visiblemente asustado.
—Dame… un minuto… se me pasará —musitó ella, aún con los ojos cerrados.
—¿Un minuto? —repitió Alejandro—. ¡No pienso quedarme esperando a ver cómo sigues!
Sin más, pasó un brazo bajo sus piernas y l