El frío del filo cortó su piel, y la sangre empezó a brotar en hilos escarlata. Fernando observó cómo el color rojo se extendía, sintiéndose cada vez más pálido, pero curiosamente aliviado. Tal vez, cuando se desangrara por completo, al fin descansaría de este tormento.
Sin prisa, jaló una silla y se sentó, dejando el brazo colgando sobre el lavabo, como si solo esperara la llegada de ese instante de “liberación”. Para él, la muerte no era más que un sueño eterno que no lo asustaba en lo absolut