—Te ayudo a levantarte —dijo ella, apoyando a Ricardo con cuidado.
Cada segundo que pasaba, Alejandro se sentía más furioso, la sangre le hervía sin control.
—¡Luciana, suéltalo! ¡Déjalo! ¡No te permito que lo toques, ¿me oíste?!
Sus ojos parecían llamas a punto de estallar.
—¡Ricardo, vete ya! —pidió Luciana, con el rostro crispado de preocupación—. ¡Rápido!
—Pero, Luciana… —él dudó, inquieto por dejarla sola.
—¡Te digo que te vayas! ¡Esta es mi decisión! ¿Acaso quieres quedarte a que te golpee