—Por favor, ya basta de juegos. Hasta aquí llegué —dijo, poniéndose de pie y agarrando su bolso.
—¡Luciana! —Ricardo, desesperado, la sujetó de un brazo—. No te vayas.
Lo había intentado de buena manera, y aun así su hija se negaba a recibir nada de él. De pronto, se dio cuenta de que Luciana lo odiaba. Lo odiaba a muerte.
Entendió que suplicar ya no funcionaría. Ricardo apretó los dientes y lanzó una risa amarga.
—¿De verdad te irás así? ¿Estás segura?
—¿Qué quieres decir? —Luciana lo miró con