—¡Listo! —dijo la vendedora, entregándole un ramo bastante voluminoso.
—Gracias… —respondió Luciana.
—¿Dónde se paga?
—Por aquí, señor.
Mientras Alejandro pasaba la tarjeta, Luciana sostenía el arreglo. Al salir de la tienda, él le ofreció llevarlo:
—Dame eso, lo cargo yo.
—No hace falta —contestó ella. Luego, con un suspiro, añadió—: ¿No tienes trabajo? Puedo ir con Simón, no quiero entretenerte.
—¿Qué clase de frase es esa? —ironizó él, notoriamente ofendido—. ¿Crees que es igual que me acompa