De inmediato, Alejandro la sujetó de la muñeca:
—Siéntate —ordenó con voz firme.
Vio su rostro pálido y se sintió abrumado.
—¿Ya con solo una frase me acusas de no preocuparme por Pedro? ¿De veras no entiendes que sí me importa, o simplemente quieres provocarme?
Luciana giró el rostro, negándose a mirarlo o responder. Alejandro dejó escapar un suspiro resignado:
—Esperemos a que Pedro despierte; sabremos mejor cómo ayudarlo. Yo estaré contigo, cuidándolo juntos, ¿de acuerdo?
—¿Tú? —repitió ella