—¡Pedro…! —susurró ella, cayendo de rodillas—. ¿Qué te hicieron…?
Quería tocarlo, pero temía provocarle más dolor. El llanto se agolpó en sus ojos:
—Pequeño, mírame… ¡despierta, por favor! Háblame…
Pedro, sin embargo, no podía responder. La razón de Luciana se consumió en un instante. Se puso de pie, con la respiración entrecortada, los ojos inyectados de ira, mirando a Clara y a Mónica como si fueran su peor pesadilla.
—¡Fueron ustedes…! —no lo preguntó, lo afirmó con certeza.
—No, yo… —Clara r