—¿Fer?
¡Era Fernando!
—Luciana, ¿estás heri…? —Fernando no alcanzó a terminar; soltó un quejido ahogado, con el rostro crispado por el dolor.
El corazón de Luciana se contrajo de golpe, como si el tiempo se hubiera detenido.
—¡Luciana!
La voz de Simón irrumpió en la escena tan rápido como una flecha, respondiendo a los gritos de auxilio. En un abrir y cerrar de ojos, redujo al hombre que blandía el cuchillo.
—¡Quieto! ¡No te muevas!
Con un par de maniobras, lo tiró al piso, desarmándolo. La hoja