—Lo siento. Tienes todo el derecho a molestarme… Acepto tu castigo.
***
Al día siguiente, Luciana dormía plácidamente cuando sintió en su mano una extraña comezón.
—¿Qué…? —musitó con fastidio, parpadeando sin abrir del todo los ojos.
—¿Te desperté? —susurró Alejandro—. Ya me voy, pero quería ponerte otra vez la pomada. Cuando te levantes, por favor, procura aplicártela cuatro o cinco veces al día, ¿sí?
—¡Qué fastidio! —se quejó Luciana, cubriéndose la cabeza con la sábana.
Alejandro solo pudo