Cerca de las seis de la tarde, Luciana terminó de atender a los pacientes asignados. El doctor Delio solo consultaba a cierto número por día, así que no quedaba nadie en la sala de espera. Después de lavarse las manos y cambiarse de ropa, apareció Simón.
—Disculpa la espera, Simón. Podemos irnos ahora mismo —comentó ella, recogiendo sus cosas.
—En realidad, Luciana, no hay prisa —contestó él—. Alejandro llamó y dijo que vendría a recogerte en un momento.
—¿Ah, sí? —repitió ella, con un tono que