El abuelo, complacido al ver la compenetración entre la pareja, se sintió seguro de que su obstinación había valido la pena.
—Bien, muchachos —dijo Miguel, cuando ya lo habían acomodado—. Ahora sí déjenme descansar. Estoy agotado.
—Perfecto —respondió Alejandro—. Descanse, abuelo. Mañana vendremos a verlo.
—Muy bien —asintió el anciano, satisfecho, al verlos partir.
De regreso en Rinconada, Luciana por fin pudo relajarse, pero Alejandro aún tenía que pasar por la oficina para revisar los asuntos