—¡Bruna! —La voz de Fernando sonó más áspera. Para él, era inusual expresarse con tanta severidad—. ¿No entiendes? No necesito que te involucres. Por favor, lárgate.
Dicho esto, hizo un gesto de apremio para que ella se moviera.
La chica se quedó helada, tratando de comprender el súbito rechazo.
—¿Pero por qué? —susurró, con el miedo asomando en sus ojos—. Pensé que teníamos una buena relación, que te gustaba mi compañía… ¿Hice algo que te molestara?
Ese comentario encendió un foco en la mente d