A la mañana siguiente, Luciana se levantó tarde. El sol ya iluminaba con intensidad y, al mirar el reloj, comprobó que eran las diez.
—Vaya... —murmuró, extrañada de haber dormido tanto. Ayer había descansado bastante, así que no entendía por qué le costaba tanto trabajo abrir los ojos.
Con prisas, se arregló y salió de la habitación. Al llegar a la sala de estar, se encontró a Alejandro hablando con Sergio. Al verla, Alejandro señaló la mesa y, con toda naturalidad, le indicó:
—Ve a desayunar a