¿A dónde la llevaban? Claramente los secuestradores no tenían la menor intención de cumplir su palabra.
Sintió un nudo en la garganta y soltó unas lágrimas de puro miedo.
De repente, el hombre robusto abrió la puerta lateral.
—¿La tiramos?
—Sí —replicó el otro.
—¡Allá voy!
El grandote tomó la cuerda con la que tenían a Mónica atada. Ella se quedó petrificada de terror. A esa velocidad, si la lanzaban desde el auto, quedaría malherida o, peor aún, podría morir atropellada.
—¡Lárgate!
—¡Mmgh…!
Sin