Luciana se acurrucó en el pecho de Vicente, sollozando con dramatismo.
—¡Cariño, ella es tan grosera! ¡Tengo miedo!
—No te preocupes, mi amor, estoy aquí para cuidarte —respondió Vicente, siguiendo el juego.
—¡Maldita sea, eres una descarada que se mete con hombres ajenos! ¡Zorra! —La mujer, fuera de sí de la furia, levantó la mano para abofetear a Luciana.
Pero la bofetada resonó en la cara de Vicente, que se interpuso justo a tiempo. La mujer, atónita, exclamó:
—¿De verdad la proteges así?
Con