Tanto Juan como Simón tenían entrenamiento militar, y su intuición raras veces fallaba.
Alejandro apretó los labios, preocupado. Canadá… ¿Quiénes eran esos individuos que lo perseguían, que habían intentado dañarlo en más de una ocasión? ¿Y ahora, qué buscaban?
—Alex…
Juan estaba a punto de añadir algo más, pero el movimiento de Luciana, que se acomodó en su asiento, lo interrumpió.
—¡Basta! —la voz de Alejandro resonó con firmeza, en un tono bajo pero autoritario. Negó suavemente con la cabeza,