Él la observó, en sus ojos una mezcla de incomprensión y, tal vez, arrepentimiento.
—¿Por qué no? —insistió, con una voz quebrada por la tensión—. ¿No los querías?
Alejandro sentía que la entendía bien; sabía que ella no era alguien a quien le importara mucho la comida. Si había ido hasta la tienda ese día, era porque realmente le apetecían. Pero su rechazo le daba a entender que, efectivamente, estaba molesta.
Él respiró hondo, sintiendo un dolor sordo en el pecho, y se armó de paciencia para h