—Mhmm… —Luciana aspiró el aire y, sin poder evitarlo, su estómago reaccionó—. Huele tan ácido…
Su boca se llenó de saliva al instante, y, casi sin pensarlo, tragó.
Fernando, que la observaba con atención, sonrió con suavidad.
—¿Quieres probar?
Luciana asintió sin dudar.
—Sí.
Fernando le ofreció una cucharada. El sabor fue tan fuerte y ácido que Luciana entrecerró los ojos.
—¿Está demasiado ácido? —preguntó Fernando, preocupado.
—No, no. Está perfecto. —Luciana negó con la cabeza, sonriendo por p