La habitación estaba sumida en un silencio mortal.
Alejandro lanzó su celular sobre la mesa, su mirada helada y penetrante. Cuando habló, su voz era tan fría que parecía cortar el aire:
—¡Encuentren a ese miserable!
—Sí, primo —Juan atrapó el teléfono apresurado, casi con las manos temblorosas—. Salvador ya está buscándolo. Cree que pronto tendrá noticias.
Alejandro asintió, girándose hacia el balcón. Sacó un cigarrillo y lo encendió con movimientos tensos.
Mónica observaba cada uno de sus gesto