El bolso, junto con la pulsera, eran debilidades de Martina. Salvador no dijo nada: simplemente se las ingenió para que terminaran frente a ella.
Martina sintió que su casa estaba llena de “espías”.
—Ven, ya está el desayuno —Laura dejó la bandeja sobre la mesa de centro. Vio el bolso y chasqueó la lengua—. ¡Qué bonito! ¿Quién te lo mandó?
—¿Quién? —Martina entrecerró los ojos—. ¿En serio no sabes?
—¿Y yo qué voy a saber? —Laura se hizo la desentendida.
—Bueno, no lo admitas entonces.
Martina no