—Al final, el más atento fue Salvador: solo él se levantó temprano para acompañarme —dijo Ivana.
—Ajá —sonrió Martina, sin hallar algo apropiado que responder.
Bajó la mirada: Salvador se había quedado en silencio a su lado y, con el cuchillo de mesa, le untaba mayonesa al pan.
Martina se sorprendió. Salvador ya había terminado; le ofreció el pan.
—Toma. Solo una capa delgadita.
—…Gracias.
Era su costumbre. Él aún se acordaba.
Martina recibió el plato con una sensación difícil de nombrar.
Antes de que empezara a comer, Salvador ya había desplegado la servilleta y se la acomodó al frente.
—Recién horneados, los croissants son bien crujientes: sueltan migas por todos lados.
—Gracias —repitió Martina.
—No hay de qué.
La soltura con la que lo hacía delataba que estaba acostumbrado.
Martina respiró hondo. En el pasado… él había hecho muchas de esas cosas. En lo cotidiano, Salvador era, sin exagerar, un caballero impecable.
Frente a ellos, Ivana lo observó y no pudo evitar suspirar.
“Este hi