Del otro lado de la puerta, Martina se quedó inmóvil. La mano que había alzado terminó por bajar, despacio. Con la mirada caída, dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
***
A la mañana siguiente, apenas bajó las escaleras, percibió el olor intenso de la infusión.
—Marti —Salvador entró desde afuera con una sonrisa—. ¿Ya despertaste? Justo iba a llamarte. Vamos a desayunar. La medicina ya casi está lista.
—Ajá, bien.
En esos días no le había dado mucha hambre: comió medio sándwich y dejó la l