Asintió con esfuerzo.
—Sí. Estás enferma.
—¿Eh? —Martina se quedó pasmada—. ¿Qué clase de enfermedad deja la mente en blanco al punto de no reconocer a tu propio esposo? ¿Me volví… loca?
—¡No! —Salvador le cubrió la boca; el dolor le cruzó los ojos—. No pienses tonterías. No es así.
—Entonces… ¿qué me pasa? —su mente seguía vacía y, después de ver las fotos, ella ya lo tomaba como alguien en quien podía apoyarse—. Dímelo, ¿sí?
—Yo… —él dudó, luchó consigo mismo y, al final, le señaló la cabeza—.