A las palabras de Salvador, tan fuera de la realidad, Martina ni se molestó en contestar; ni siquiera le regaló una mirada.
Sonó el timbre. Salvador fue a abrir: había llegado la empleada que contrató.
—Señor Morán.
—Ajá.
Le dio indicaciones con calma, casi de memoria: horarios, antojos, hábitos de sueño de Martina.
—Con que cuide bien a la señora basta.
—Sí, señor —respondió Teresa Ramírez.
Volvió la cabeza y no vio a Martina.
Subió. Ella estaba acostada sobre la cama, sin taparse.
Salvador fru