Al fin y al cabo, el hijo era suyo. ¿Qué podía hacer Ivana? No lo encubrió, pero tampoco pudo desentenderse.
—Salvador… —dijo con la voz tomada—. Desde niño fue bien parecido, en la escuela nunca nos dio problemas; con sus hermanos se llevó siempre bien y jamás se mareó con los privilegios.
Se le quebró el aliento.
—Y ya de adulto… se estrelló justo en lo sentimental.
Con los ojos húmedos miró a Martina y luego bajó la cabeza para dirigirse a los papás de Martina.
—Señor Hernández, señora Hernán