Ese mismo día dejaron todo acordado y Alejandro compró su vuelo de regreso a Ciudad Muonio.
Cuando tocó partir, Luciana lo acompañó hasta el aeropuerto.
Ya frente al filtro de seguridad, él la envolvió.
—Amor, ya me voy. En cuanto aterrice, te marco.
—Mm.
—Te juro que te llamaré todos los días.
—Mm.
—Y si te queda un huequito, llámame tú… o mándame mensajes; no me pongo exigente.
—Mm.
El tiempo apremiaba. Luciana lo empujó con una sonrisa.
—Ya, no seas pegajoso. Ándate.
Le miró los ojos húmedos