Esa noche Luciana y Alejandro se quedaron en el hospital, de guardia.
Pedrito había salido bien; después del tratamiento durmió como un lirón.
Alejandro habló con la enfermera para que estuviera pendiente y, ya afuera de la habitación, tomó a Luciana de la mano.
—Vamos —dijo—. Solo a comer algo cerca. Si no comes, el que va a caer antes que Pedrito eres tú.
Salieron del edificio tomados de la mano.
En Vancouver empezaba a neviscar. A diferencia de Ciudad Muonio, la ciudad abierta y silenciosa se