Lo peor había sido la impotencia: temía que a Martina no le quedara tiempo… y que a él tampoco.
—Bueno, ya —Martina le palmeó el hombro a Vicente y miró a Luciana—. Los tengo a ustedes; son como mis hermanos de otra madre y otro padre. —Soltó una risita—. Con ustedes aquí, voy a aguantar.
***
En la entrada, Salvador seguía dentro del auto, sin animarse a irse. Ni él sabía por qué. Era una terquedad sorda, inexplicable.
Entonces salió Vicente.
A Salvador se le afiló la mirada. Últimamente, ¿no an