—Ya nos divorciamos. Ya no tenemos nada que ver. No tienes ninguna responsabilidad conmigo.
La voz de Martina al teléfono había sonado serena, incluso un poco cansada.
—Gracias por llamar para preguntar por mí. Pero, de ahora en adelante, no me llames, por favor. Estoy bien. Tengo a mi familia y a mis amigos. Sé cuidarme…
—Entonces… hasta aquí. Voy a colgar.
Se quedó dos segundos en silencio, como si le diera una última oportunidad para decir algo. Al no oírlo, cortó.
Salvador apretó el celular.