—No —Martina negó con la cabeza, como si fuera lo más lógico—. Ya vamos a divorciarnos; no tengo por qué decirle nada. Esto es mío.
Luciana no pensaba igual. Frunció el ceño y la miró largo rato.
—¿Qué pasa? —Martina se frotó la mejilla—. ¿Traigo un grano de pan en la cara?
—No. —Luciana fue directa—. Dime la verdad: ¿decidiste divorciarte por tu enfermedad?
Martina se estremeció. Forzó una sonrisa.
—¿Por qué lo dices?
No hacía falta mucha vuelta. Martina era de carácter tranquilo, poco dada a l