Martina sabía que a Luciana no podía ocultarle nada. Y tampoco pensaba hacerlo; en realidad, había estado esperando su regreso para poder desahogarse.
Pero, al ver a Fernando aguardando junto a la puerta del auto, suspiró.
—Vámonos. En casa te cuento.
—Está bien.
Fernando condujo y las dejó en la villa Herrera.
Al llegar, se despidió:
—Descansa, Luci. Con Marti aquí, no te quito el sueño. —Miró el reloj—. En un rato tengo que ver a un cliente.
Se le notaba ocupado. Bien; estar ocupado era buena