De golpe, Domingo se tapó la cara con la mano.
—Ah…
Un hombre hecho y derecho, llorando sin pudor.
—¡Malditos! ¡Se merecían lo peor! ¡Ah…!
Alejandro lo miró y le vino a la mente lo que el otro había dicho: que quería volver a la familia Guzmán, ser reconocido como tal. Recordó también aquella vez que fue a la tumba de su madre.
Fijo en ese rostro pálido, con un nudo en el pecho, Alejandro al fin preguntó:
—¿Qué tienes? ¿Qué pasa con tu salud?
—¿Yo? —Domingo apartó la mano. Aún con los surcos de