Alejandro no entendía: ¿odiar qué?
—¡A ellos! —Domingo, con las muñecas esposadas, golpeó la mesa. Sus ojos, negros y encendidos, casi se le salían de las órbitas. El odio le hervía—. ¿Se lo imaginan? Yo no quería, pero no tenía opción: vivir con las dos personas que más detestaba.
Alejandro se estremeció. ¿Hablaba de Daniel y Marisela?
—¿Te sorprende? —Domingo leyó su reacción con claridad. Esbozó una sonrisa ida—. No es que esté loco de la cabeza; tuve mala suerte. Si tú y el abuelo los despre