Salvador, como “familiar”, esperaba afuera.
Pasaron unos cuarenta minutos y nadie salía. Se le apretó el pecho con una ansiedad muda. Sacó el celular, pensando en llamarle a Martina.
—¿Salvador?
Esa voz. La conocía demasiado. Alzó la cabeza: las pupilas se le contrajeron, la cara se le puso lívida, la nuez le subió y bajó; el desorden en los ojos lo delató.
—Mamá… Martina… ¿qué… qué hacen aquí?
Con la nevada que caía, se suponía que ellas estaban en casa, viendo los copos junto a la calefacción.