—¿Cómo que “si sé” o “no sé”? —Salvador se adelantó antes de que Ivana respondiera, se sentó en el brazo del sofá, le pasó un brazo por los hombros y, cariñoso, le despeinó el flequillo—. El té se toma para estar a gusto. No hay que “saber” nada.
—Eso mismo —Ivana asintió sonriendo y le echó una mirada a su hijo. Míralo, pensó. Con tal de no perderla de vista, amanece pegado a ella.
—¿Te levantaste tan temprano? —Salvador, delante de su mamá, ni disimuló: le habló solo a Martina—. ¿Por qué no do