En otro momento, Salvador le habría rebatido al instante. Incluso habría demostrado, sin sombra de duda, que estaba tan entero como un veinteañero. Pero hoy… no.
—¿Me estás provocando? —se rio, rozándole la mejilla con los dedos—. ¿Qué pasa contigo, mi amor? ¿Tan antojada de mí últimamente?
—¿Eh? —Martina se quedó fría y, de golpe, se le encendieron las mejillas—. ¡Deja de decir tonterías!
—¿Y qué tiene de malo? —a Salvador le fascinaba verla sonrojarse—. Eres mi esposa. Si te mueres de ganas po