Aun así, las cosas no salieron como quería.
Los nudos estaban demasiado apretados: si quería proteger a Alejandro, inevitablemente iba a cortarse a ella misma. Luciana apretó los dientes. “Aguanta.”
Solo era abrirse un par de tajos, ¿qué más da?
El ardor en las manos, el gusto metálico de un hilo de sangre… y, por fin, ¡clac!
La cuerda cedió.
Luciana soltó la cuchilla y apenas alcanzó a sostener a Alejandro cuando, sin el soporte de la espalda, se le vino encima.
Él ardía entero, como un brasero